La polarización en Redes Sociales y el papel de los ‘influencers’

Cada vez que entras en tu Twitter, o tu Facebook, suspiras hondo sospechando lo que te vas a encontrar. Tu timeline, como el de la mayoría de gente que conoces, está lleno de amigos, conocidos o personajes de internet discutiendo constantemente sobre cualquier tema: La gestión de la COVID-19, la responsabilidad de políticos, colectivos y personas de a pie en todo lo que está sucediendo, o las decisiones personales de algún famoso o famosa. Da la sensación de que las redes sociales se han convertido en una batalla entre grupos antagónicos peleados entre sí.

Pero, ¿Son realmente las redes sociales las que polarizan así a la gente

Probablemente la mayoría de personas a las que preguntemos nos dirán que sí sin ningún género de dudas. Como ya sabemos, las redes sociales y sus algoritmos tienden a ofrecernos el contenido que refuerza nuestras propias ideas y preconcepciones del mundo. Eso sin contar su papel como difusoras de bulos, desinformación o fake news. Al final, se crean trincheras con grupos antagónicos entre sí buscando anular al contrario a base de “zascas”, hilos virales y otras historias.

Sin embargo, puede que el problema no se encuentre en las redes sociales en sí, sino en el poder de influencia de las personas dentro de esas mismas redes.

Para demostrar esto, los profesores estadounidenses Joshua Becker, Ethan Porter y Damon Centola plantearon un experimento recientemente. Para ello cogieron a militantes demócratas y republicanos (con ideologías claramente marcadas) y los dividieron en varios grupos a modo cámara de resonancia: demócratas con demócratas y republicanos con republicanos. Sobre el tema de discusión, escogieron algunas de las cuestiones más polémicas: Inmigración, control de armas y desempleo. Se hicieron varias rondas de debate en las que cada persona expresó sus opiniones y escuchó las del resto.

Sorprendentemente, la discusión en estas “cámaras de resonancia” entre personas con mentalidades parecidas no polarizó más al grupo, sino todo lo contrario. Sus posturas se habían moderado, acercándose más a la del grupo antagónico de lo que estaban antes.

Tras analizar estos resultados, el equipo se hizo una pregunta: ¿Cómo es posible que este experimento sobre redes sociales concluya lo contrario que lo que vemos en el mundo real de las redes sociales?

Encontraron la respuesta en torno a un fenómeno que se ha visto cada vez más amplificado por las redes sociales: Los ‘influencers’.

Ojo, no se refieren a la idea de ‘influencer’ que se tiene en mente, a veces de manera errónea, de una persona joven cuyo “lifestyle” es comercializado por empresas como Instagram o TikTok. Se refieren por contra a un concepto científico-social: En una red interconectada, donde cada nodo es una persona que establece relaciones con otras, un ‘influencer’ es aquel que cuenta con un número mucho mayor de conexiones que el resto, adquiriendo una posición central en esa red frente al resto de nodos, que quedan situados en la periferia.

Las redes sociales tienden a generar estas redes centralizadas. En la periferia de esa red están la mayoría de usuarios, que contamos con una modesta comunidad de seguidores frente a los pequeños, medianos y grandes influencers que se asientan en el centro, adquiriendo un nivel de influencia desproporcionado con respecto al resto.

La red formada para el estudio era lo opuesto a una centralizada: Todas las personas tenían un mismo número de contactos, y por tanto la misma capacidad de influencia dentro de la red. En una red así, cualquier idea u opinión puede emerger de cualquier persona en la comunidad y difundirse por igual a todo el mundo. En cambio, en las redes sociales (que suelen ser redes centralizadas) ciertas ideas son filtradas, adulteradas, o incluso bloqueadas, por determinados influencers con suficiente capacidad para ello.

En una cámara de resonancia centralizada, la opinión del influencer del grupo tenderá a ser aceptada y amplificada por el resto. Pero en una red distribuida, la circulación de ideas se basa en la calidad de las mismas, no en quién las emite.

Este problema se acrecenta en Internet, ya que las redes sociales digitales suelen estar organizadas en torno a algunos influencers clave. Es algo que vemos constantemente en Twitter, por ejemplo, con respecto a qué se convierte en Trending Topic.

Es por ello que se debe tener en cuenta las consecuencias o el impacto que tienen las opiniones de las personas mediáticas en redes sociales. Muchas veces, sin ser plenamente conscientes de ello, se lanza una idea o una opinión que puede dar lugar a rumores y suposiciones, pudiendo ser amplificadas hasta la categoría de bulos, prejuicios o falsas creencias, convirtiendo las redes en un peligroso vehículo de difusión de mensajes de intolerancia y odio frente a grupos que no piensan como nosotros.

Algo que podemos combatir procurando establecer debates más horizontales, entre iguales, teniendo en cuenta que deberíamos intercambiar pareceres en internet del mismo modo que lo haríamos con esa persona cara a cara, como bien decimos en eldecálogo de Hateblockers.

Por este motivo debemos tomar un rol activo y plantar cara para frenar los bulos y el mensaje intolerante. Nuestra sociedad está viviendo momentos de intensos debates (amplificado por toda la situación relativa a la COVID-19), lo que nos obliga a replantear cómo funcionan nuestras comunidades virtuales. Debemos enfocarnos no en eliminar esas cámaras de resonancia, sino en modificar su comportamiento, estableciendo relaciones más igualitarias que permitan reducir la curva del odio y del desencuentro.

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